Existen dos tipos de relojes mecánicos: manuales y automáticos. Al primero, hay que darle cuerda a mano mediante la corona del reloj cada cierto tiempo. El segundo, inventado a finales del siglo XVIII, es de cuerda automática, lo que significa que cuando se lleva de forma constante no es necesario dar cuerda al reloj a mano.
Los dos movimientos de los relojes mecánicos están compuestos por una corona, un muelle, un tren de engranajes, un escape y un volante regulador. De forma muy sencilla, el muelle es el encargado de almacenar la energía y transferirla a través de engranajes y resortes, regulando la liberación de energía y, en última instancia, haciendo funcionar el reloj.
La cantidad de energía almacenada varía según el movimiento y se describe como reserva de marcha. Por ejemplo, a un reloj mecánico de cuerda manual con una reserva de marcha de 80 horas habrá que darle cuerda cada 80 horas para que siga funcionando.
Los relojes mecánicos automáticos también tienen reserva de marcha, pero gracias a la adición de un peso metálico llamado rotor, la energía se transfiere automáticamente con el movimiento natural de tu muñeca. ¿Qué significa esto? Que si tienes un reloj automático, este seguirá funcionando a menos que el rotor no se active lo suficiente (por ejemplo, si no llevas puesto el reloj) durante un periodo de tiempo que supere la reserva de marcha especificada.